LA FUENTE DE LOS ÁNGELES – Cuentos de Verano

Hubo un lugar, escondido entre montes, que decían ser mágico. Se llamaba La Fuente de los Ángeles, porque lo habitaba un pintor que los retrataba en sus cuadros.

No sabemos si de verdad los veía, pero aquellos seres alados comentaba que le visitaban de vez en cuando.

Actores, cantantes y demás artistas solían alojarse allí y daban rienda suelta a su imaginación.

Un manantial regaba los campos y de sus aguas se podía beber para cargarse, dicen, de energía.

Elfos, hadas, duendes e incluso blancos unicornios rondaban por allí; deteniendo un tiempo lleno de historia.

EL KOALA Y EL BOSQUE DE EUCALIPTOS – Cuento Infantil

EL KOALA Y EL BOSQUE DE EUCALIPTOS

En un bonito bosque de eucaliptos vivía este gracioso y juguetón koala. Y digo juguetón porque era lo que le gustaba hacer todo el día. Jugaba con el pájaro carpintero, con los osos, incluso con las ranas de las charcas. Allí los animales eran una gran familia.

Una tarde empezó a oler a humo. Los pájaros se pusieron nerviosos; iban de un lado a otro. Intentaban avisar a todos para que se pusieran a salvo. Un gran incendio estaba acabando con los árboles, con el lugar donde vivían. Unos jóvenes habían prendido fuego y ahora estaban en peligro. El koala tuvo miedo, no sabía qué hacer. Por primera vez estaba muy triste. ¿Dónde viviría ahora? ¿Qué podría comer si destrozaban los eucaliptos?.

La gente de la zona consiguió apagar por fin las llamas, pero ahora había mucho que hacer para que ese lugar fuera tan bonito como antes. Los animales se pusieron de acuerdo y fueron en busca de esos muchachos; querían hacerles ver lo importante que es cuidar la naturaleza.  Nombraron al koala para que se dirigiera a ellos y así, decidido como era él, les dijo: “¿Qué pasaría si de pronto os quedáis si vuestras casas, si vuestras familias corrieran peligro o si dentro de unos años no pudierais disfrutar de los bosques porque no hubiera?”

El pequeño koala se había hecho grande de repente; había dado una lección a esos chicos que al día siguiente se pusieron a plantar muchos pinos y también eucaliptos.

PUEBLECITO MARINERO – Cuentos de Verano

Sigues oliendo a mar, manteniendo el encanto de tus casas,

todas ellas de colores, recuerdo de otras épocas.

Años en que los pescadores volvían en sus barcas

y ellas siempre esperaban.

Recuerdos de redes, de plazas de encuentros

y pausadas faenas,

de pieles quemadas, de velas izadas

y anclas echadas.

Pueblecito marinero, sigues oliendo a mar.

SU OLA – Cuentos de Verano

La estaba esperando. Sentado en su tabla sabía que era ella.

Segundos antes de cogerla, una sensación excitante

y a la vez placentera empezó a recorrerle. Era enorme.

Desde la arena pudieron contemplar ese espectáculo que fue verle danzar con ella.

Un vals acompasado, pero bravo como un tango.

Ella le atrapaba para volverle a soltar entre latigazos;

y él, iba y venía como en un juego de seducción.

De nuevo ella, ya a modo de dulce despedida

le dejó seguir su camino

acompañándole hasta la orilla.

LA PEQUEÑA MARINERA – Cuento Infantil

LA PEQUEÑA MARINERA

Vivía en un pequeño pueblecito marinero con casitas y barcas de colores. Una de ellas, la roja, era de su padre, que todas las mañanas salía muy temprano con ella. Algunas veces, dejaba que la niña le acompañase y eso le encantaba. Aprendió a escuchar el sonido del viento, a observar el mar, incluso a navegar un poquito. Lo tenía claro, de mayor quería ser marinera. Se lo dijo a las olas, a las conchas que encontró en la playa y al capitán de un gran buque. Éste, sonriendo le preguntó: “¿Y por qué, pequeña?”. “Mire, señor”, le respondió “El mar me acunaba cuando solo era un bebé,  ahora me cuida, y cuando crezca me llevará a todos esos lugares que quiero ver”.

LA CABAÑA DEL ÁRBOL – Cuentos de Verano

Aquel verano decidió volver al lugar donde pasaba los de su infancia.

Se perdió en el bosque de pinos y eucaliptos buscando algún vestigio de la que fue su refugio, la cabaña del árbol.

No tendría más de diez años, a lo sumo doce cuando la construyó. Eligió el más robusto y frondoso; quizá fuese centenario. Destacaba entre el resto. Era el perfecto para esconderse entre sus ramas y erigir en él    la guarida, a la que solo tendrían acceso los elegidos.

Dibujando unos planos con lápiz y papel y visualizándola ya en su mente ingeniera, reunió la madera necesaria para ponerse a ello. No le llevó más de una semana y allí estaba por fin, a casi diez metros de altura; a la que se accedía a través de una cuerda, la misma que le había servido para subir los materiales ahora le daba paso a sus momentos; esos de los que hace tiempo disfrutó y a los que ahora regresaba.