MIS CUENTOS INFANTILES

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Érase una vez… Esther Bermejo

“En el Jardín de las Hadas” ya disponible aquí, en la Tienda de Cuentos

Ya tenéis disponible mi último cuento infantil, el más especial de todos y que cierra la colección de “Esther Y Sus Cuentos”: “En el Jardín de las Hadas“. Incluye actividades y un bonito póster que podrán colgar en su habitación.

Compra en la tienda este cuento  “En el Jardín de las Hadas”.

 

CUENTO ANTES DE NAVIDAD

Desde niña adoraba la Navidad.
Era esa época del año en la que las luces, la familia, los amigos hacían que se sintiera feliz.
Todos juntos alrededor de una mesa.
Sonrisas. Desayunos calientes y tardíos con sabor a hogar. Ese musgo recogido en el pinar. Esas películas vistas año tras año. El sonido a villancicos. Y las risas de fondo. Los paisajes nevados. Árboles de rojos y platas. Fuegos de chimeneas repletas de piñas y troncos.
En esta ocasión, necesitaba sentirlo. Sentir que ese tiempo llegaba y la reconfortaba. Comenzó a prepararlo. Cayeron los primeros copos y enseguida supo que el sol brillaría… Y sería mañana.

RECUERDOS EN EL DESIERTO

Para mi imprescindible Omar, que esté donde esté siempre cuida de mí

Amaneció entre las dunas del rojo desierto. Miró a su alrededor y contempló la inmensidad, la belleza, pero también la soledad. De vez en cuando le gustaba ir allí a pensar, al lugar que detenía el tiempo.
Se acercaba su cumpleaños y pretendía saborear todo lo vivido; países, amigos, proyectos, amores. Tanto disfrutado, trabajado; tanto recorrido. Y allí estaba, rendido ante ese gran espectáculo natural que le otorgaba el nuevo día.
Una niña perdida se acercó hasta él. Andaba despistada, sin saber cómo había llegado allí y se alegró de encontrarle, tan seguro, decidido, resuelto. Él sabría lo que hacer. Eso parecía.
Sin embargo, la pequeña le descolocó. Sus grandes ojos brillantes le miraban buscando acción, pero se había quedado paralizado. Esa paz, silencio y retiro que buscaba se había alterado.
“¿De dónde has salido, chiquilla?” Le preguntó, “¿Cómo has llegado hasta aquí, si no hay nada en kilómetros? “
“Me desperté y aquí estaba” Dijo.
¿La habrían abandonado? No era posible. Si la niña era lindísima.
Emprendieron el recorrido hasta el coche, aunque tendrían que caminar bastante. Primero en silencio y luego ya roto, volvió a toparse con la inocencia, la espontaneidad y la sinceridad. Y recordó sus bonitos momentos de niñez, sus juegos y sus lecturas.
Al rato, un halcón se posó junto a la niña. “Tan libre” Pensó. Y volvió a su adolescencia y juventud, con su banda sonora de fondo. Eso sí era libertad, cuando se iba a comer el mundo.
Ahora, casi lo había comido y entre pensamiento y pensamiento se dio cuenta de que estaba al lado del vehículo, pero no había nadie con él.
Quizá era momento de regresar.

LAS DOS ENCINAS

Allí estaban los dos amantes, convertidos en Encinas. Robustas, majestuosas; con sus troncos siempre mirándose y con ganas de abrazarse, pero de nuevo ocultando su fuerte unión bajo tierra.
Rozaban sus ramas y hojas y con sus frutos se acariciaban.
De vez en cuando, un bello caballo galopaba a su alrededor. Fiel enviado de Epona atestiguaba que juntos por fin estaban,  juntos por fin seguían y ahora sí, por siglos seguro que sería.

LA CASTAÑERA

En aquella pequeña plaza se ponía la castañera. Todos los otoños volvía a su rinconcillo. Niños y mayores deseaban acercarse a por cucuruchos que ella siempre, con una sonrisa, llenaba.
Con su delantal, guantes de lana negros y bien arrimada al fogón pasaba las frías y oscuras tardes que se volvían noches y así hasta acabar el invierno.
Ese olor, esa neblina creada a su alrededor  la convertían en personaje de cuento que con sus castañas templaba manos, estómagos y también corazones.
Su abuela había sido castañera, después sus padres y ahora era la pequeña quien la observaba  sentada en una caja, pegada a su falda. “¿Ves cada una de ellas?” Le decía “Recuerda que cuando llega el frío, aquí debemos estar. Son estos corazoncitos calientes los que consiguen entonar los suyos”.

MI AMIGO EL CISNE

¡Qué bonito era! Tan blanco, tan elegante, pero siempre estaba solo y triste. Cada vez que íbamos al parque, yo lo notaba.
Empecé a llevarle pienso. Quería hacerme amigo suyo para alegrarle un poco y que notara que podía contar conmigo.
Al principio desconfiaba, intentaba acercarse pero no se atrevía, hasta que me miró a los ojos y rápido conectamos.
Todas las tardes, al salir del colegio pedía a mi madre volver a casa por el camino del parque. Aunque solo fuera un ratito, iba con él y le contaba cómo me había ido, qué me pasaba, lo que había hecho… Era un cisne y yo un niño, pero nos entendíamos.
Lo que yo no comprendía era que le tuvieran allí encerrado y encima sin más como él… Él también necesitaba cariño, que le quisieran. Yo lo hacía y en cuanto llegaba, venía rápido, incluso algunos días enroscaba su largo cuello entre el mío y en más de una ocasión sentí un ligero picoteo muy suave en mi mejilla o en mi cabeza, a modo de beso.
Una mañana de un día festivo de primavera, fui a ver a mi amigo, el cisne. Se acercó veloz y tieso, pero sobre todo,  muy contento. No estaba solo. Como si fuera a presentarme a su nueva compañera, la condujo hacia mí.
Dieron vueltas y más vueltas a mi lado hasta que juntos les ví alejarse por ese estanque que en aquel instante me pareció dorado.

ENROSCADOS EN UN SUEÑO

Como un niño que se acurruca sobre su madre para encontrar pronto el sueño plácido.
Así hiciste y así te observo.
Apoyas tu cabeza sobre mi pecho y el ritmo de mis latidos te mecen.
Escucho tu respiración cada vez más lenta y más fuerte. Sé que duermes.
Te acaricio y pronto dejo caer mi rostro sobre tu frente, notando el calor de tus mejillas.
Tus brazos me rodean y mis piernas te enroscan.
Cuerpos que se acoplan, encajan y acompasan compartiendo ensoñación.

SIEMPRE

“¿Me quieres todavía?” preguntó con miedo
“Siempre” respondió él
Y al oírlo sintió su Amor dentro de ella.
Volvieron a iluminarse sus ojos y le amó. Le amó de nuevo, aunque nunca dejó de hacerlo.
Y voló. Voló recordando sus días, sus sonrisas, sus miradas y sus manos que tan fuerte la sostenían. Y la sostienen.
Cerró los ojos. Volvió a sentir sus abrazos y sus besos. Podía oír su voz y revivir ese “siempre” que había sellado en su pecho.