SU OLA – Cuentos de Verano

La estaba esperando. Sentado en su tabla sabía que era ella.

Segundos antes de cogerla, una sensación excitante

y a la vez placentera empezó a recorrerle. Era enorme.

Desde la arena pudieron contemplar ese espectáculo que fue verle danzar con ella.

Un vals acompasado, pero bravo como un tango.

Ella le atrapaba para volverle a soltar entre latigazos;

y él, iba y venía como en un juego de seducción.

De nuevo ella, ya a modo de dulce despedida

le dejó seguir su camino

acompañándole hasta la orilla.

LA CABAÑA DEL ÁRBOL – Cuentos de Verano

Aquel verano decidió volver al lugar donde pasaba los de su infancia.

Se perdió en el bosque de pinos y eucaliptos buscando algún vestigio de la que fue su refugio, la cabaña del árbol.

No tendría más de diez años, a lo sumo doce cuando la construyó. Eligió el más robusto y frondoso; quizá fuese centenario. Destacaba entre el resto. Era el perfecto para esconderse entre sus ramas y erigir en él    la guarida, a la que solo tendrían acceso los elegidos.

Dibujando unos planos con lápiz y papel y visualizándola ya en su mente ingeniera, reunió la madera necesaria para ponerse a ello. No le llevó más de una semana y allí estaba por fin, a casi diez metros de altura; a la que se accedía a través de una cuerda, la misma que le había servido para subir los materiales ahora le daba paso a sus momentos; esos de los que hace tiempo disfrutó y a los que ahora regresaba.

LA NIEBLA DEL ACANTILADO – Cuentos de Verano

Dicen que ni siquiera había amanecido

cuando corrió hacia aquellos acantilados,

los más profundos y bellos del lugar.

Corrió empapada de lágrimas

y cuando llegó, permaneció en el borde,

mirando el horizonte, vislumbrando el nuevo día.

Fue entonces cuando todas se evaporaron junto al mar

y desde entonces, cada amanecer, se eleva la niebla;

dicen, para ocultar cualquier rostro llorar.

ATARDECERES – Cuentos de Verano

Nos gustaba ver atardecer en aquella playa.

Nadie sabía aún de su existencia.

Como las vírgenes, estaba rodeada de vegetación, con arena dorada por los últimos rayos y conchas sobresaliendo en ella.

Corríamos descalzos a sumergirnos entre las olas y espumas, contemplando esos rojizos e intensos amarillos que iban perdiendo fuerza y que nos regalaban un juego de luces con el mar.

Su energía caía, pero llenaba la nuestra de sensaciones de libertad.

Su tiempo acababa, pero diluía el nuestro, lo detenía,

sabiendo que volveríamos a asistir a nuevas y grandiosas ceremonias, testigos de la historia.

La tienda está cerrada por mantenimiento

AQUELLAS ROSAS BLANCAS – Cuentos de Verano

Aquellas Rosas Blancas que ella siempre esperaba, y siempre llegaban.

Dulces y tiernos aromas evocando momentos, los nuestros;

pasados y futuros, repletos de deseos.

Aquellas Rosas Blancas con olor a verano, a eternas nostalgias;

a leves sonrisas de labios y también de miradas.

Aquellas Rosas Blancas, cómplices de lenguajes

que no necesitan palabras.

EL MARINERO Y LA SIRENA – Cuentos de Verano

Oyó su canto, a lo lejos

Apenas podía percibirlo y cambió el rumbo de su barca, se dirigió al encuentro.

El sonido iba intensificándose. Más fuerte, pero más dulce

Esa voz. Su voz. Le recordaba la adolescencia.

Ya la había escuchado antes.

Se acercaba. Notaba su presencia

De repente, solo quedó el arrullo del mar, la mar.