Aquellos veranos de sabor a El Gorriaga y olor a margaritas,
de paseos en bicicleta y llamadas a la puerta.
De grandes meriendas familiares en el valle
y también de carreras por la era
De montañas de trigo, de remolques
y collares de galletas
De salir a por moras y ganar a las chapas.
De subirnos al carro; de montar teatrillos
y de inventar mil historias
Veranos de pueblos, Veranos de infancias


Era su escondite, su refugio. Cada atardecer se enorgullecía de haber iluminado la isla, haber transmitido su energía, hecho florecer la selva, calentado las aguas y dorado la arena.