LA FUENTE DE LOS ÁNGELES – Cuentos de Verano

Hubo un lugar, escondido entre montes, que decían ser mágico. Se llamaba La Fuente de los Ángeles, porque lo habitaba un pintor que los retrataba en sus cuadros.

No sabemos si de verdad los veía, pero aquellos seres alados comentaba que le visitaban de vez en cuando.

Actores, cantantes y demás artistas solían alojarse allí y daban rienda suelta a su imaginación.

Un manantial regaba los campos y de sus aguas se podía beber para cargarse, dicen, de energía.

Elfos, hadas, duendes e incluso blancos unicornios rondaban por allí; deteniendo un tiempo lleno de historia.

PUEBLECITO MARINERO – Cuentos de Verano

Sigues oliendo a mar, manteniendo el encanto de tus casas,

todas ellas de colores, recuerdo de otras épocas.

Años en que los pescadores volvían en sus barcas

y ellas siempre esperaban.

Recuerdos de redes, de plazas de encuentros

y pausadas faenas,

de pieles quemadas, de velas izadas

y anclas echadas.

Pueblecito marinero, sigues oliendo a mar.

SU OLA – Cuentos de Verano

La estaba esperando. Sentado en su tabla sabía que era ella.

Segundos antes de cogerla, una sensación excitante

y a la vez placentera empezó a recorrerle. Era enorme.

Desde la arena pudieron contemplar ese espectáculo que fue verle danzar con ella.

Un vals acompasado, pero bravo como un tango.

Ella le atrapaba para volverle a soltar entre latigazos;

y él, iba y venía como en un juego de seducción.

De nuevo ella, ya a modo de dulce despedida

le dejó seguir su camino

acompañándole hasta la orilla.

LA CABAÑA DEL ÁRBOL – Cuentos de Verano

Aquel verano decidió volver al lugar donde pasaba los de su infancia.

Se perdió en el bosque de pinos y eucaliptos buscando algún vestigio de la que fue su refugio, la cabaña del árbol.

No tendría más de diez años, a lo sumo doce cuando la construyó. Eligió el más robusto y frondoso; quizá fuese centenario. Destacaba entre el resto. Era el perfecto para esconderse entre sus ramas y erigir en él    la guarida, a la que solo tendrían acceso los elegidos.

Dibujando unos planos con lápiz y papel y visualizándola ya en su mente ingeniera, reunió la madera necesaria para ponerse a ello. No le llevó más de una semana y allí estaba por fin, a casi diez metros de altura; a la que se accedía a través de una cuerda, la misma que le había servido para subir los materiales ahora le daba paso a sus momentos; esos de los que hace tiempo disfrutó y a los que ahora regresaba.

LA NIEBLA DEL ACANTILADO – Cuentos de Verano

Dicen que ni siquiera había amanecido

cuando corrió hacia aquellos acantilados,

los más profundos y bellos del lugar.

Corrió empapada de lágrimas

y cuando llegó, permaneció en el borde,

mirando el horizonte, vislumbrando el nuevo día.

Fue entonces cuando todas se evaporaron junto al mar

y desde entonces, cada amanecer, se eleva la niebla;

dicen, para ocultar cualquier rostro llorar.

ATARDECERES – Cuentos de Verano

Nos gustaba ver atardecer en aquella playa.

Nadie sabía aún de su existencia.

Como las vírgenes, estaba rodeada de vegetación, con arena dorada por los últimos rayos y conchas sobresaliendo en ella.

Corríamos descalzos a sumergirnos entre las olas y espumas, contemplando esos rojizos e intensos amarillos que iban perdiendo fuerza y que nos regalaban un juego de luces con el mar.

Su energía caía, pero llenaba la nuestra de sensaciones de libertad.

Su tiempo acababa, pero diluía el nuestro, lo detenía,

sabiendo que volveríamos a asistir a nuevas y grandiosas ceremonias, testigos de la historia.

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