Mi atracción por estos testigos silenciosos, que son los faros, me condujo a él.
Agosto era el mes perfecto para ir a recorrer algunos de los más bellos, los más espectaculares, pero también aquellos que tuvieran historia o leyendas.
Siempre me había fascinado la grandeza del que se erigió en la Isla de Pharos, en Alejandría; el Coloso de Rodas, con su antorcha de fuego alzada por su brazo derecho, ambos, maravillas del mundo antiguo; la Lágrima del Diablo de Western Heights o, más cercano, nuestra Torre de Hércules.
Sin saber decir muy bien porqué, las Baleares fueron mi destino. Allí encontré uno precioso entre un paisaje que parecía lunar; rodeándolo, una banda en espiral negra que abrazaba su estructura blanca y le daba un aspecto único. Pero fue no lejos de allí donde reposaba este, sobre acantilados, barrancos y calas. Bien conservado aunque ya en desuso, poseía un encanto especial. Lo llamaban “El Faro de Evágora”, por una de las Nereidas, ninfas del Mediterráneo. Siglos atrás, decían, había sido ella la que con su canto y estela salvó la vida a un marinero una noche de gran tormenta. Este, agradecido, lo construyó y habitó esperando volver a verla. Contaron que cada año hasta su muerte, al atardecer del solsticio de verano, delfines se acercaban al faro y al amanecer, corales rojos y blancos eran arrastrados hasta la orilla cercana por la espuma del mar.
Categoría: CUENTOS DE VERANO
PERSEIDAS SOBRE EL MAR – Cuentos de Verano
Hoy dormiremos bajo una lluvia de estrellas,
en medio del mar.
Poseidón calmará las aguas y evocaremos a Perseo
venciendo a Medusa.
No habrá piedras y sí miradas.
Con el casco de Hades nos volveremos invisibles
para contemplar, ahora sí, la belleza;
y Atenea tenderá su escudo en las aguas que reflejen la estela del cometa.
Zeus y Dánae volverán a crearlo.
Dioses y hombres, realidad e ilusión confluyendo en la noche.
El héroe permanecerá en su constelación
y nos parecerá ver la luz de Algol, brillando como 5.000 soles
o a su estrella más brillante Mirfak.
Blancas, azuladas, amarillas y supergigantes rojas,
sangre brotando de la Gorgona de la que nacerá Pegaso.
Millones de años, otras galaxias, meteoros que iluminan
y aquí nosotros, presenciando.
CON AROMA A LIMONCELLO – Cuentos de Verano

Mes de julio, en la villa de la costa Amalfitana.
Sol intenso sobre las azules aguas del Tirreno.
Él se zambulle en la piscina; mientras ella, en la tumbona, tras sus grandes gafas de sol y un cóctel en la mano, le observa.
Disfruta de los momentos, piensa; que la vida son dos días.
Pero si pueden ser tres, mejor.
LA CIUDAD DE LOS BESOS ROBADOS – Cuentos de Verano

Alguna vez fue ciudad de libres besos.
Por sus calles veías a la gente dándolos.
Labios fundiendo con mejillas, con otros labios.
Los hubo de amor, deseo, cariño, aprecio, saludo, y también llanto.
Algo salía de uno para quedarse en el otro.
Entonces llegó su ausencia, un vacío.
Dejaron de darlos. Querían y no podían.
Besos que se perdían. Empezaron a robarlos.
EL ECLIPSE – Cuentos de Verano

Era el Rey del Día. Su presencia iluminaba campos, mares, provocaba sonrisas, incluso podíamos decir, una sensación de felicidad. Generaba simpatías, resaltaba los azules del cielo, los verdes de los bosques y el colorido de las flores. Todo era luz y calor.
A ella le gustaba la oscuridad, el frío de la noche, la soledad. Esa soledad elegida, que favorece el pensamiento, el sosiego, la calma. No soportaba el ruido, ni el bullicio. Era dada a lo selecto, pero desde la sencillez.
Existencias diametralmente opuestas destinadas a encontrarse.
Condiciones especiales que hicieron coincidir al Sol con la Luna. Fusionaron en un encuentro que no dejaron ver al resto.
Ella absorbía su fuerza y Él se daba, tomando de Ella su paz, y se dejaba llevar.
Fenómenos dispares, imposibles de explicar.
No permitieron a nadie presenciar lo que ocurrió.
Y el Sol volvió a su día.
Ella en la noche quedó.
ENTRE LAS SÁBANAS – Cuentos de Verano

Era allí, bajo aquellas sábanas blancas,
su espacio de ensoñación.
Se giraba de lado y aquel fuerte brazo
la rodeaba delicadamente por la espalda.
Con los ojos cerrados, sonreía, al sentir
esa plácida respiración desenredar su pelo.
Y así, enroscando las piernas entre las suyas,
volvía a soñar de nuevo
