En aquella pequeña plaza se ponía la castañera. Todos los otoños volvía a su rinconcillo. Niños y mayores deseaban acercarse a por cucuruchos que ella siempre, con una sonrisa, llenaba.
Con su delantal, guantes de lana negros y bien arrimada al fogón pasaba las frías y oscuras tardes que se volvían noches y así hasta acabar el invierno.
Ese olor, esa neblina creada a su alrededor la convertían en personaje de cuento que con sus castañas templaba manos, estómagos y también corazones.
Su abuela había sido castañera, después sus padres y ahora era la pequeña quien la observaba sentada en una caja, pegada a su falda. «¿Ves cada una de ellas?» Le decía «Recuerda que cuando llega el frío, aquí debemos estar. Son estos corazoncitos calientes los que consiguen entonar los suyos».
Autor: estherbe
MI AMIGO EL CISNE
¡Qué bonito era! Tan blanco, tan elegante, pero siempre estaba solo y triste. Cada vez que íbamos al parque, yo lo notaba.
Empecé a llevarle pienso. Quería hacerme amigo suyo para alegrarle un poco y que notara que podía contar conmigo.
Al principio desconfiaba, intentaba acercarse pero no se atrevía, hasta que me miró a los ojos y rápido conectamos.
Todas las tardes, al salir del colegio pedía a mi madre volver a casa por el camino del parque. Aunque solo fuera un ratito, iba con él y le contaba cómo me había ido, qué me pasaba, lo que había hecho… Era un cisne y yo un niño, pero nos entendíamos.
Lo que yo no comprendía era que le tuvieran allí encerrado y encima sin más como él… Él también necesitaba cariño, que le quisieran. Yo lo hacía y en cuanto llegaba, venía rápido, incluso algunos días enroscaba su largo cuello entre el mío y en más de una ocasión sentí un ligero picoteo muy suave en mi mejilla o en mi cabeza, a modo de beso.
Una mañana de un día festivo de primavera, fui a ver a mi amigo, el cisne. Se acercó veloz y tieso, pero sobre todo, muy contento. No estaba solo. Como si fuera a presentarme a su nueva compañera, la condujo hacia mí.
Dieron vueltas y más vueltas a mi lado hasta que juntos les ví alejarse por ese estanque que en aquel instante me pareció dorado.
ENROSCADOS EN UN SUEÑO
Como un niño que se acurruca sobre su madre para encontrar pronto el sueño plácido.
Así hiciste y así te observo.
Apoyas tu cabeza sobre mi pecho y el ritmo de mis latidos te mecen.
Escucho tu respiración cada vez más lenta y más fuerte. Sé que duermes.
Te acaricio y pronto dejo caer mi rostro sobre tu frente, notando el calor de tus mejillas.
Tus brazos me rodean y mis piernas te enroscan.
Cuerpos que se acoplan, encajan y acompasan compartiendo ensoñación.
SIEMPRE
«¿Me quieres todavía?» preguntó con miedo
«Siempre» respondió él
Y al oírlo sintió su Amor dentro de ella.
Volvieron a iluminarse sus ojos y le amó. Le amó de nuevo, aunque nunca dejó de hacerlo.
Y voló. Voló recordando sus días, sus sonrisas, sus miradas y sus manos que tan fuerte la sostenían. Y la sostienen.
Cerró los ojos. Volvió a sentir sus abrazos y sus besos. Podía oír su voz y revivir ese «siempre» que había sellado en su pecho.
TRAICIÓN
Lanzas, puñales, cuchillos, cristales que clavan, desgarran, punzan y matan.
Sangre que no fluye, que cuaja, gangrena y congela.
Grito que calla. Corazón que se para. Angustia que tapa.
Traición, dolor, pena y rabia.
Aire que ahoga.
Amor que lo afloja.
EL CEMENTERIO DEL ÁNGEL
Entre fríos mármoles y blancos granitos se erigía aquel pétreo Ángel Exterminador, presidiendo este escondido y peculiar cementerio. Por sus paseos de tierra y cipreses caminaba absorto esquivando lápidas de escritores, cantantes, «donnadies» y «dontodos» que esperaban resucitar o únicamente descansar.
La naturaleza había conquistado sus ruinosos muros y ahora, entre ellos, secretos, historias y batallas ya solo silenciaban.
