Entre fríos mármoles y blancos granitos se erigía aquel pétreo Ángel Exterminador, presidiendo este escondido y peculiar cementerio. Por sus paseos de tierra y cipreses caminaba absorto esquivando lápidas de escritores, cantantes, «donnadies» y «dontodos» que esperaban resucitar o únicamente descansar.
La naturaleza había conquistado sus ruinosos muros y ahora, entre ellos, secretos, historias y batallas ya solo silenciaban.
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LA ÚLTIMA NOCHE
En medio del escenario sujetó fuerte ese micrófono años 50 que tantas noches la acompañó. La iluminaba una luz ténue y un único foco central. No hacía falta más. Esa noche irradiaba la suya. Sonreía como nunca; dulcemente, acompasada del resplandeciente brillo de sus ojos.
La voz, desgarradora y tierna fue entonando miserias, notas clavando puñales, desventuras y congojas transformadas en melodías.
Sin modificar el suave rostro, solo una lágrima deslizó por él hasta alcanzar su pecho. Rompió el corazón de cristal.
FUEGO Y AGUA
Baño de espuma a la luz de las velas que relajas el cuerpo y apaciguas el alma.
Fuego y agua me acompañan.
Me sumerjo y resurjo; y me dejó envolver en un plácido sueño entre sombras que danzan y aromas que embriagan.
Silencio.
LA VÍA DEL OLVIDO
En silencio evoca las historias que recorrían su vía, por la que iban y venían. Viajeros emprendiendo andanzas, amores que despiden, otros que se reencuentran, estudiantes de vuelta a casa. Nada de eso queda. Solo recuerdos.
Olvidada, oxidada, derruida, fundida en otoñal paisaje, escondida entre caminos perdidos, permanece abandonada.
Fotos de vida y trasiego convertidas en nostalgias.
ESTADO DE HIBERNACIÓN
No ha llegado aún el invierno, pero ya hibernas. Aletargado, preso de una apatía tal que te impide reaccionar. Disminuye tu ritmo cardíaco, tu respiración, pero el tiempo no detiene; pasan las horas, también semanas. Entras en ese sueño de ojos abiertos que miran sin ver. La desgana, abulia e indiferencia te paralizan y entras en estado de quiescencia.
¡Despierta!
LA JOVEN Y EL CUERVO
Oían su graznido y sabían que se acercaban. Iban siempre juntos.
Él la eligió. Se posó en su hombro y no se volvió a separar.
La joven descubrió en sus intensos ojos negros una mirada desafiante, inteligente, que la prevenía de hechos, le anunciaba otros, le indicaba en quién sí y no confiar.
A veces, en la noche, despertaba al escuchar su nombre, pero solo estaba él, el cuervo, vigilando su sueño.
Enviado o no por un nuevo Odín, abría sus grandes y relucientes alas, levantaba el vuelo y desaparecía, para luego volver.
